jueves, 12 de febrero de 2015

¿Qué decir de ti, feminismo?



Tuviste que levantarte a empujones y trabucazos de la morbidez más visceral y mecánica que nuestra sociedad te impuso. Ahora dime, ¿qué fue de ti?

Eres una bandera en la que se arropa con orgullo cualquier mujer, un arma arrojadiza desgastada en las manos de los vástagos que crecieron a tu sombra. Ya nadie sabe quién eres, tan solo recuerdan quién fuiste, eres un cementerio de elefantes en plena lucha, fuiste, venciste, pero aún te queda mucho por ganar. Naciste para desaparecer algún día, como los estandartes de batalla que son derribados una vez llega la paz, te han perdido el horizonte y ahora eres la esvástica de los desfavorecidos, el Lucifer de muchas causas. Hoy, rota, te levantas, eres un trapo sin color al que evocan con la mirada perdida en las guerras de ayer. No se dan cuenta de que ya es hora de dejar a los muertos en sus tumbas.

Mujer, ¿qué has hecho con los que te preceden y qué harás con los que te sigan? No hablo por la emancipada, por la liberada, por la que sabe qué suelos pisa y qué frentes piensa, tampoco por las que se dan cuenta de cuál es la materia de nuestro tiempo. No, ellas saben a quiénes me refiero. Hablo de las espiritistas que abarrotan las generaciones más tiernas, las que invocan a ciegas las palabras de unos fantasmas que poco o nada tienen que ver con ellas. Viven en la herida y saquean sangre envenenada. Recuerdan al sabor de un mal partido al hacer  política del dolor de las víctimas del terrorismo. El tiempo es sabio y nos ha enseñado que cualquier revolución se convierte en esto cuando se acomoda, cuando se prostituye por una existencia gregaria. “Feminismo, aún puedes dar mucho”, como una espada en un museo. Y como los niños que juegan con las espadas cuando su época ya ha pasado, como los niños cuando enloquecen y llaman a la muerte desde ese símbolo caducado, el feminismo, el viejo feminismo, se ha quedado entre nosotros desperdigado, como un cáncer sin orientación en un organismo enfermo.

¿Qué será de vuestro mañana? ¿Qué será del nuestro? Que la inhumanidad y la segregación, que la ceguera ha contaminado las entrañas de nuestra ya bastante insana sociedad. Son molinos de viento, encarguémonos de los gigantes, que siguen ahí, mucho más escondidos, todos los progresos tan forzosos de vuestro, nuestro movimiento merecen que avancemos a su altura. Dejemos ya las armas del medievo, aparquemos el ayer donde él mismo decidió estrellarse: sabemos que no es ya solo una cuestión de mujeres, que los hombres estamos en el ajo, que la emancipación debe ser doble y la ayuda no debe perderse a la mitad. Que como mujer representas a la humanidad tanto como yo, siendo hombre, y cualquier otro juicio al respecto estará construido sobre la misma cuestión de género que deberíamos pretender desmontar. Si lo que recorre nuestras venas está hecho del mismo espíritu, si aspiráis a ser capitanes de vuestra alma como nosotros aspiramos a serlo luchemos de una vez contra la enfermedad y empecemos a curar enfermos. Que el pecado original quedó ya muy atrás y es en el rizo de la ola donde el propio impulso nos está devolviendo de boca contra la tierra.

¿Qué decir de ti, feminismo?

Sigues siendo grande, aunque solo en los espacios más abiertos. Eres una hoja de papel a un bosque, una semilla a tus sueños, un brote de destino incierto. Aún puedes renacer y hacerte nuevo, no estancarte en las viejas glorias que no durarán a ciencia cierta, no durarán a ciencia alguna. Tu reconquista de los derechos renegados aún no ha terminado, no la termines tú renegando de ellos. Liberarse duele, liberarse cuesta, allá dónde vas no está la paz que ansías pero tú naciste para seguir este camino y no otro, para ser algo más que una suerte de cadáver andante, un redivivo a medio gas. No, tú estás destinado a desaparecer entre manchas de sangre, como un glorioso recuerdo de algo que fue logrado, a desvanecerte en el pasado y a tu paso cambiarlo todo, cambiar el cambio, a ser cambio y no adorno, no bandera, no estandarte. Pero para eso aún te queda camino, todo el que ya conoces y todo el que aún no esperas.

Mujer, te mereces un futuro real, no te amilanes, hoy es distinto de ayer, pero no mejor que mañana.

Hombre, tú también, juegas en el mismo campo, te atan las mismas reglas, tú también tienes detrás de ti la carga coagulada de milenios de cultura ciega y desvergonzada, tú te sometes a los dictados del género como un cordero que está por degollar. Eres un cordero con piel de lobo que ha perdido su identidad, descarnado y confuso, cínico, en un tablero que ha estado moviendo hasta ahora sus fichas y tratándote como una más. No eres libre ni por asomo, aunque seas avatar del delirio de tus antepasados, ese lastre no debe ser para ti, no debe ser para nadie. Cortar con el pasado, empobrecerlo, asfixiarlo. Te darás de bruces si bebes de esa fuente condenatoria, si trampeas al humano participando de esta vida con las reglas trasnochadas que nos tienen de cara a la pared. Porque tú también eres humano, y la lucha del feminismo es la tuya, la de la mujer la tuya, la de vosotros la vuestra, la de todos la nuestra y es abochornante tener que renunciar a ayudar por las mismas razones por las que cualquiera tiene el deber de insistir. Hombre, no te mereces quedarte atrás en la revuelta, y seguir tonteando como un loco en las paredes de tu cárcel. Huye, lejos de aquí, que no es tu lugar y no lo hagas solo.

Porque sería de idiotas aprovecharse del pasado, encajonarse en el presente, olvidar quiénes estamos pisando el mismo suelo y quiénes esculpimos juntos la superficie de lo único sagrado en esta tierra, de la mismísima e impura piel de la corteza humana.


José Javier

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