No hay motor que oscurezca su
velo ni metal que no arrastre su noche. No hay deseo ni hay ficción, no hay
luz; no hay color. Es en lo eterno que emanó de sus lágrimas al hierro donde se
le habían perdido los años, las arrugas, los sueños. Sin cristal que ocupara un
alma que ha parado, sin ruedas para hacer girar el universo del espíritu
humano.
¡Pasarán milenios! Y aunque
arranquen los truenos el blanco del mundo, y el titanio corrompa la dermis del
suelo, seguirá la carne pegada a las manos que mueven las vigas del tiempo. Quizá
pierdan la órbita nuestros ojos para volar entre los planetas, quizá caiga la
luna al mar e inunde la corteza terrestre. Quizá la bruma sea azul de los ríos
que se retuercen perdidos en la aurora, o quizá verde, cuando la ciencia se
haya ahogado en sus voces de uranio. Quizá el sol se funda y el vidrio empiece
a sonreír en opaca indiferencia, pero dará igual, se apagarán farolas y la
resaca habrá llegado. Rompamos una lanza; el hombre será ensartado en su propia
llama.
Ahora tienen las nubes colgadas
de un alambre, en un escenario propio de un atrezzo infantil. Cada cerrojo con
su llave y los asientos con mordaza, mirando al infinito del teatro.
Representan en ciclo la misma obra, una ventana abierta a una oficina gris de
la que emergen siempre los mismos personajes: el idiota, el malvado y el
bonachón. Son un residuo, cultura indemne, memoria histórica, lucen inanes para
deleite del postureo nacional y vuelven a entrar en la ventana. Ha acabado,
vienen los de decoración, recogerán por hoy el congreso.
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Las aves están condenadas al
subsuelo, a ser el petróleo que incendie las calderas del progreso. Hundidas en
la tierra, como patas de carbón, combustible emplumado o cualquier recuerdo
enfermizo que llueva a los pies de una fábrica. Ratas en los pistones de los
brazos, engranajes en las piezas desarticuladas, el flujo quebrado de la
máquina humana que sigue funcionando a marchas forzadas. El vapor huele a
aceite y la electricidad chisporrotea del cobre abandonado alrededor de
tuberías y óxido. Sangre y calor. Es una turbina podrida que no se detiene, un
taladro inmenso que empalará hambriento las dunas de cualquier reloj que separe
el hoy del mañana.
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Nadie quiere oírlo: “esto somos”.
Nadie va a escucharlo. Más nos vale perdernos en plasmas y sombras que ver cómo
tiramos abajo las aspas de Castilla. La medicina nos conservará en ámbar, la
justicia nos partirá los dedos. La ilusión devendrá en llamas y nuestro fuego
nos quemará por dentro. Pronto veremos a cambio de qué nos vendimos, cuales son
las consecuencias de aquel sueño fáustico que firmó la humanidad cuando apenas
había oído hablar de demonios.
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Las aspiraciones más altas cayeron en picado. La glotonería
epistémica fue un cáncer desde los fundamentos mismos de la especie, la
obsolescencia programada del mito, el réquiem de las últimas décadas de fervor.
Somos polvo y somos arena, somos avería del mecanismo del cosmos, luna llena
tibia de un licántropo en silla de ruedas. Se nos fue la juventud envenenada,
¡pasarán mil años! Y no quedará rencor para odiar el latido efímero y
suicida con el que se apasionaron los románticos.
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Todos los cuentos nocturnos tienen el mismo valor. Tabaco somnífero, droga de fantasía. Sería estúpido pensar que los estímulos cifrados y secuenciados que arengan pasiones entre las páginas de esos libros buscan desempolvar algún tipo de trascendencia. Rumores, charlatanerías. Toda la tramoya está al descubierto, el esqueleto de la mente y su geografía, los mapas del iris de la imaginación, todo cuanto es susceptible de ser cuantificado. Y esto lo es, sin duda. Puedo decir sin que me tiemble el pulso que la tecnología ve lo que piensas y cómo. Que incluso puede recrearlo. Vivir a ciegas y con misterio, rehuyendo medida era, desde luego, algún tipo de carga semirreligiosa que nos acosó durante siglos. Nos preocupaba demasiado lo que teníamos a nuestro alrededor y nos olvidamos de lo que teníamos dentro. Por suerte los humanistas se dieron cuenta y lucharon con fiereza para destruir todo lo que amaban.
José Javier

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"¡Llora! Nadie nos mira.
Ya ves; yo soy un hombre... y también lloro".
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